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Remembering with Hope: A Reflection for All Souls’ Day

Fr. Matt’s Catechetical Corner: November 1, 2026

Happy Sunday and All Saints’ Day and All Souls’ Day! While All Saints’ Day is a great gift for us to
examine our spiritual lives in light of the saints, I want to focus on All Souls’ Day in order to not forget our
deceased loved ones. In honor of All Souls’ Day, the following reflection (from March 2025) is being
reprinted to invite us to pray for the Souls in Purgatory and visit the cemetery as often as we are able in the
month of November.
Here is what the Catechism says about Purgatory: All who die in God’s grace, but still imperfectly purified,
are indeed assured of their eternal salvation; but after death they undergo purification, so as to achieve the
holiness necessary to enter the joy of heaven (1030). This should sound very reasonable. Remember:
nothing unclean can ever enter Heaven, no matter how small the uncleanliness (Rev. 21:27). This is the
logic of Purgatory and it is with this in mind that we note the following verses:

  1. 2 Maccabees 12:39-46: Judas offers sacrifice to make atonement for the dead.
  2. Matthew 12:32: Jesus says certain sin will not be forgiven in the age to come.
  3. Matthew 5:24-25: Jesus says one who is handed over to the jailer will not be released until the last
    penny has been paid.
  4. 1 Corinthians 3:11-15: The end of this passage states: If any man’s work is burned up, he will suffer
    loss, though he himself will be saved, but only as through fire.
    The logic of Purgatory, therefore, is that there is a place where those who have not committed deadly sin
    (cf. 1 John 5:17) but are still imperfect will have to be purified through fire. This place, also, must be a
    place in which God allows for atonement on behalf of the departed. This a Purgatory (hence the name:
    “purging” or “purgation”).
    Purgatory is, therefore, a place of purification, meaning that it is a place of suffering. The soul, since nothing
    unclean can enter Heaven, must be detached from every earthly attachment so that it can be free for God
    alone. Only then will the soul be ready to see God face to face. It is imperative, therefore, that we remember
    the souls in Purgatory in prayer. Our prayers move the Heart of Christ, wounded by their sins, to mercy and
    to a forgiveness that will restore them to himself. And how wonderful it is that we can participate in their
    salvation knowing that one day, from Heaven, they will participate in ours. God will never forget our
    generosity for those who suffer for Heaven.
    To that end, I would invite everyone to visit the cemetery today or any day during November to pray for
    the Souls in Purgatory. There is also a powerful Litany for the Poor Souls in Purgatory that we can pray
    regularly, and we can also use our time this month to pray and work for indulgences (plenary and partial)
    for them and their salvation.

Rincón Catequético del P. Matt: 1 de noviembre de 2026

¡Feliz domingo, feliz Solemnidad de Todos los Santos y feliz Conmemoración de los Fieles Difuntos! Si
bien la Solemnidad de Todos los Santos es un gran regalo que nos permite examinar nuestra vida espiritual
a la luz de los santos, quiero centrarme en la Conmemoración de los Fieles Difuntos para no olvidar a
nuestros seres queridos que han fallecido. En honor a este día, se vuelve a publicar la siguiente reflexión
(de marzo de 2025) con el fin de invitarnos a orar por las almas en el Purgatorio y a visitar el cementerio
tantas veces como nos sea posible durante el mes de noviembre.
Esto es lo que dice el Catecismo sobre el Purgatorio: «Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios,
pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte
una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo» (1030). Esto
debería resultarnos muy razonable. Recordemos: nada impuro puede entrar jamás en el Cielo, por pequeña
que sea esa impureza (Ap 21, 27). Esta es la lógica del Purgatorio, y es teniendo esto presente que
observamos los siguientes versículos
2 Macabeos 12,39-46: Judas ofrece un sacrificio para expiar a los difuntos.
Mateo 12,32: Jesús afirma que un determinado pecado no será perdonado en la era venidera.
Mateo 5,24-25: Jesús dice que quien es entregado al carcelero no será puesto en libertad hasta que haya
pagado el último céntimo.
1 Corintios 3,11-15: El final de este pasaje señala: Si la obra de alguien es consumida por el fuego, sufrirá
una pérdida; aunque él mismo se salvará, pero como quien pasa a través del fuego.
La lógica del Purgatorio, por tanto, es que existe un lugar donde aquellos que no han cometido pecado
mortal (cf. 1 Juan 5, 17), pero que aún son imperfectos, han de ser purificados a través del fuego. Este lugar
debe ser, además, un espacio en el que Dios permite la expiación en favor de los difuntos. Se trata del
Purgatorio (de ahí su nombre: «purificación» o «purgación»).
El Purgatorio es, pues, un lugar de purificación, lo que implica que es también un lugar de sufrimiento.
Dado que nada impuro puede entrar en el Cielo, el alma debe desprenderse de todo apego terrenal para
quedar libre, dispuesta únicamente para Dios. Solo entonces estará el alma preparada para ver a Dios cara
a cara. Es imperativo, por consiguiente, que recordemos en nuestras oraciones a las almas del Purgatorio.
Nuestras oraciones mueven el Corazón de Cristo —herido por los pecados de estas almas— hacia la
misericordia y hacia un perdón que las restituirá a Él. ¡Qué maravilloso es que podamos participar en su
salvación, sabiendo que un día, desde el Cielo, ellas participarán en la nuestra! Dios jamás olvidará nuestra
generosidad hacia quienes sufren por alcanzar el Cielo.
Con este fin, invito a todos a visitar el cementerio hoy, o cualquier otro día durante el mes de noviembre,
para rezar por las almas del Purgatorio. Existe también una poderosa letanía por las benditas almas del
Purgatorio que podemos rezar con frecuencia; además, podemos aprovechar este mes para orar y procurar
obtener indulgencias —tanto plenarias como parciales— en favor de ellas y de su salvación.